Los 40 personajes, hombres y mujeres, respiran el aire del triunfo en el recinto sagrado. Han superado su Aerofobia, el miedo a las alturas. Todos se abrazan y felicitan por su nueva vida. Es como estar en el paraíso, pero no podían olvidar los miedos de su niñez, que en etapa adulta se manifestaba de diferentes y extrañas formas. Creían haberlo superado.
Sin embargo, su primera fobia hizo su aparición: la Antropofobia, la de dar la cara a la Sociedad fue su primera prueba no superada. Tenían que salir a las calles, sopena de la Basifobia o miedo a caer entre las piedras. Algunos optaron por la Claustrofobia, de los espacios cerrados de sus oficinas. Pero ahí también aparecía la Ofidofobia, las serpientes venenosas.
Todos habían superado la Pirofobia, el miedo al fuego, pero no la Zemmifobia de las ratas, por lo que la Afefobia, ser tocado era algo necesario evitar. Nadie podía eludir la Alodoxafobia, las opiniones de la gente, pendiente de su Aritmofobia, los números de la cuenta publica, atrasada en ser aprobada por la mayoría de sus regidores. Sus sueldos les permitían no caer en la Cacofobia, es decir la fealdad de sus vestimentas.
Pero había quienes temían la Fotofobia, su propia voz o las voces que les aconsejaban corregir el rumbo. Ya lograban entonces la Gemafobia, el gusto de los aplausos, aunque en ocasiones elegían la Optofobia, a abrir los ojos antes las múltiples necesidades de la gente. Su encierro de altas horas de la noche era una muestra hasta de su Selenofobia, la luna clara que invitaba a no temer la Socerafobia, los suegros demandantes. Nadie negaba al final que su Triskaidekafobia, el No.13 era cosa común entre todos ellos. No había supersticiones.
Sin embargo, su primera fobia hizo su aparición: la Antropofobia, la de dar la cara a la Sociedad fue su primera prueba no superada. Tenían que salir a las calles, sopena de la Basifobia o miedo a caer entre las piedras. Algunos optaron por la Claustrofobia, de los espacios cerrados de sus oficinas. Pero ahí también aparecía la Ofidofobia, las serpientes venenosas.
Todos habían superado la Pirofobia, el miedo al fuego, pero no la Zemmifobia de las ratas, por lo que la Afefobia, ser tocado era algo necesario evitar. Nadie podía eludir la Alodoxafobia, las opiniones de la gente, pendiente de su Aritmofobia, los números de la cuenta publica, atrasada en ser aprobada por la mayoría de sus regidores. Sus sueldos les permitían no caer en la Cacofobia, es decir la fealdad de sus vestimentas.
Pero había quienes temían la Fotofobia, su propia voz o las voces que les aconsejaban corregir el rumbo. Ya lograban entonces la Gemafobia, el gusto de los aplausos, aunque en ocasiones elegían la Optofobia, a abrir los ojos antes las múltiples necesidades de la gente. Su encierro de altas horas de la noche era una muestra hasta de su Selenofobia, la luna clara que invitaba a no temer la Socerafobia, los suegros demandantes. Nadie negaba al final que su Triskaidekafobia, el No.13 era cosa común entre todos ellos. No había supersticiones.
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